martes, 16 de septiembre de 2014

JUAN EMILIO BATISTA CRUZ:

Logros e incongruencias en el torneo cubano sub-23 de béisbol



Por Juan E. Batista Cruz

El denominado I Torneo Nacional sub-23 de béisbol cerró sus imaginarias cortinas con la brillante victoria de los cazadores de Artemisa, en una final inesperada frente a los toros de Camagüey, equipos que hicieron trizas todos los pronósticos tras dejar en el camino a los grandes favoritos, Pinar del Río, La Habana, Villa Clara, Matanzas y Ciego de Ávila, de los cuales solo los dos últimos pudieron rebasar la fase de clasificación.

Desde mi punto de vista, fue un evento exitoso por la posibilidad de que, decenas de jóvenes peloteros jóvenes y talentosos, pudieran mostrar sus cualidades en el diamante quienes, hasta este momento, pasaban meses sin poder competir, foguearse debidamente, desarrollarse desde el punto de vista técnico-táctico, sin poder formarse integralmente.

El rescate de un torneo de estas características fue absolutamente positivo, pero precisamente utilizo la palabra rescate, porque quiero llamar la atención sobre la primera gran incongruencia de las muchas que se pueden señalar: No es ese evento ningún descubrimiento, no se trata de que se haya “encontrado el eslabón perdido” de la cadena del alto rendimiento en el béisbol cubano.

Fiel amante y seguidor durante alrededor de 60 años del béisbol cubano e internacional, considero que ese eslabón estaba más bien “secuestrado”, luego de que en las tres últimas ediciones de la primeramente mal llamada Liga de Desarrollo y luego Campeonato Nacional de Segunda Categoría y por decisión de la dirección de la pelota en Cuba, los equipos solo podían inscribir jugadores hasta los 23 años cumplidos.

Aquella fue una decisión sabia, abría el horizonte de los jóvenes talentos, pero posteriormente se decidió eliminar esa competencia y, otra vez, los muchachos que terminaban en la categoría juvenil, salvo unos poquitos que hacían el grado en la selección de la provincia a la Serie Nacional, quedaban “interruptos”, por decirlo de alguna manera, y perdían las necesarias “horas de vuelo”, felizmente recuperadas ahora.

Con muchas dificultades, por las comprensibles limitaciones económicas que tiene el país a causa del bloqueo yanqui, pudo al fin concretarse la idea de retomar los torneos con jugadores hasta 23 , no sub-23 como se le llama, porque si se admiten atletas hasta esa edad, debía denominarse sub-24, es decir por debajo de esos años. Y yo pienso que, con esta disposición, es absolutamente válido que se rebautice como Liga Cubana de Desarrollo.
Con una estructura nunca antes vista en el béisbol revolucionario, el evento pudo realizarse. Considero que cumplió sus expectativas, pero es necesario estudiar la posibilidad de hacerlo en dos zonas independientes: Occidental (Pinar del Río, La Habana, Artemisa, Mayabeque, Isla de la Juventud, Matanzas, Cienfuegos y Villa Clara) y Oriental (Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Camagüey, Las Tunas, Holguín, Granma, Santiago y Guantánamo) Los titulares de ambos grupos discutirían el título, tal y como se hacía en la antigua Liga de Desarrollo.

Uno de los elementos más criticados, la falta de calidad de los uniformes y la presencia de equipos con vestimentas absolutamente similares, también puede solucionarse como se hacía antes: Los jugadores del conjunto de cada provincia a la Serie Nacional entregaban uno de sus dos uniformes, sugiero que ahora se recoja el de local para que, con una inversión mínima, se puedan colocar los apellidos de los atletas en la espalda. Con ello se ayudaría a una mayor vistosidad del espectáculo.

Con un calendario de visitas recíprocas dentro de cada zona, se evitaría la monotonía de cuatro equipos jugando entre sí ocho veces en uno o dos estadios, lo cual se reflejó, a mi modo de ver,  en la poca afluencia de público en la fase clasificatoria y que no mejoró en la semifinal, ni siquiera en los partidos que tenían al local Santiago de protagonista.

Entre los aspectos positivos de este Torneo es preciso destacar la disciplina, la entrega, la disposición de cada atleta en la defensa de su camiseta, el surgimiento de noveles lanzadores y ocupantes de otras posiciones, de condiciones extraordinarias y, sobre todo, el formidable trabajo de los árbitros, muchos de ellos de nueva promoción, quienes fueron muy acertados en sus decisiones y además de imponer su autoridad de la mejor manera, contribuyeron a la agilización de los juegos que, en algunos casos, terminaron en tiempo récord, ejemplo que debía servir para que los encuentros en la Serie Nacional dejen de ser excesivamente largos.

Este campeonato de desarrollo regresó y es preciso que se quede, que se mantenga y se mejore en su organización para bien de la pelota cubana, pero como evento independiente, como Liga de Verano, previa a nuestra invernal Serie Nacional, como un espectáculo más para nuestro pueblo en las jornadas estivales, con toda la divulgación que merece por radio, televisión y la prensa escrita y digital, una oferta de gran aceptación en la etapa vacacional.

No estoy de acuerdo con las sugerencias de que este Torneo se haga paralelo a la Serie Nacional. Estas son mis razones: a) Volveríamos a la total falta de información, de transmisión por radio, televisión y otros medios que estarían concentrados en el principal espectáculo del país, como sucedió con el surgimiento de la Liga de Desarrollo, b) Cuando se produzcan las altas y bajas por parte de los equipos de las provincias, los jugadores de 25, 30 ó más años que no rindan se irían a su “sucursal” y eso atentaría contra la esencia del desarrollo y dejaría de ser un evento hasta 23.


Trabajar duro, escuchar sugerencias, buscar las variantes más factibles en concordancia con nuestras limitaciones económicas, debieran ser los objetivos de la Comisión de Béisbol en Cuba, para que la Liga de Desarrollo se mantenga en el período previo a la Serie Nacional, sea cada vez más atractiva, cualitativamente superior y se convierta en la fragua donde se forjen los peloteros capaces de mantener el prestigio de un deporte que constituye no solo la pasión del pueblo, sino que es parte indisoluble de nuestra identidad como nación. 

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